Vinos artesanales, vinos honestos, vinos naturales, vinos de mínima intervención, vinos con personalidad, vinos responsables, buenos vinos…

Venimos un poco tocados de varias experiencias multitudinarias, de cajones de sastre quizá demasiado desastrados, en una sentimental y metafórica línea de flotación léxica. Vamos a refugiarnos en nuestro filósofo del surrealismo diario, sharpiano, Wuilt, para evitar zozobras innecesarias.

Uno de nuestros queridos artesanos del vino, el granadino Ramón Saavedra de Bodegas Cauzón, nos dice, con la sabiduría propia de mil vidas vividas y las que le quedan, “el vino por encima de todo tiene que estar bueno. Luego vendrán las etiquetas”. Pues sinceramente creemos que el bueno de Ramón predica báquicamente en un mundo de etiquetas, de adjetivos que llevan a la sonrisa sin disimulo cada día más a los amantes del “vino bueno”.

Estamos asistiendo a cambios de chaqueta vertiginosos en ambos lados de la balanza vínica. Muchos intentan venderse como puristas cuasi místicos de lo natural, cuando este adjetivo se encuentra a años luz de su tipología de vino, el vino industrial. Pero también encontramos puristas, solo de nombre, en el bando más ortodoxo del vino natural. ¿Por qué nos gustan tanto los bandos y las etiquetas?…

En un mercado como el de la Península, donde el consumo de vino es minoritario y aún más el vino artesanal y el natural, nos parece suicida este cajón de sastre en que están convirtiendo el mercado del vino. En una reciente feria de vinos, pudimos escuchar a personas que creíamos inmunes a estereotipos arcaicos dentro de este mundo, referirse a los vignerones de otra feria, como hacedores de vinos sucios, sidrosos y con volátiles al galope. Si gente ducha en mil batallas, son capaces de expresarse en estos mismos términos generalistas, poco más o menos, que no ocurrirá con el que, prudentemente y sin hacer ruido, se aproxima al maravilloso mundo de los buenos vinos artesanales.

Hay otro mundo que ha convertido la utopía en realidad. Hay muchos vignerones que hacen vinos honestos con muchas historias detrás que merecen la pena ser contadas, para valorar en su justa medida el esfuerzo sobrehumano que realizan para regalarnos maravillosos elixires.

¿Sería recomendable la creación una supra marca que englobara a esta tipología de vinos? ¿O más bien sería recomendable que cada bodega, que cada vigneron posicionara su marca?

Lo que sí tenemos claro, es que el cliente debe recibir un mensaje directo, más en un mundo tan incipiente y frágil como este de los vinos artesanales, de los vinos de pequeña producción, para no espantar ni ahuyentar al potencial mercado, que también reclama en nuestro país estos vinos con historias personales detrás, dignas de nuestra admiración.

Mientras escribimos estas líneas dominicales, suena Paul Desmond con su Take Five. Y acompañando, Federico Schatz con su Petit Verdot…